Se trata de palabras aparentemente inofensivas; sin embargo guardan un gran poder dentro de si.
A los psicólog@s, en la tradición cognitiva, nos gusta llamarlas: palabras trampa. Tendemos a emplearlas en todo tipo de situaciones y de manera generalizada, pero sobre todo cuando hablamos acerca de nosotr@s mism@s y de los comportamientos de las personas de nuestro entorno. Y debemos saber que estos términos absolutos y dicotómicos afectan de manera negativa a nuestro autoconcepto; es decir, a la manera en que me percibo a mi mism@, y a nuestras relaciones interpersonales. ¿Cómo?
- En relación a nuestro autoconcepto: Si nos decimos una y otra vez que "nunca" hago "nada" bien... estoy asumiento que desde que nací hasta ahora he sido incapaz de realizar algo con éxito. Y eso no es cierto. ¿Nunca? ¿Nada? La realidad es que no atendemos a aquellas veces en las que conseguí mi objetivo y/o no le doy el valor que realmente merece aquello que hago adecuadamente. Esto trae consigo que piense que soy torpe, inútil, desgraciad@, etc. ¿Cómo puedo ser feliz en estas condiciones? Se hace complicado...
- En relación a las personas con las que nos relacionamos: Si ,por ejemplo, nos comunicamos desde el ""todo" el tiempo estás con el ordenador", no estamos teniendo en cuenta aquellos momentos en los que esa persona hace algo distinto y no reforzamos aquello que deseamos (que no esté con el ordenador). Así, esa persona asumirá su papel asignado y cumplirá con él. Además, dejará de hacer cosas distintas que pudieran gustarnos porque no son valoradas y parecen inútiles.
Te propongo un ejercicio:
- Observa durante algunas semanas cómo se comunican las personas de tu entorno, el uso de estas palabras trampa y su efecto.
- Cuando hayas podido darte cuenta de esa comunicación, trata de observarte tú para descubrir cómo te hablas y cómo les hablas.
- Cambia aquellas palabras absolutas que tiendas a usar por términos menos peligrosos: casi siempre, con frecuencia, poco, etc...






